LA FALLETA DE SAN JUAN

UNESCO

LA FALLETA DE SAN JUAN

  • Fecha:2015
  • Referencia:10.COM 10.b.3

Fiestas del Fuego en el Pirineo

El fuego, fuente de luz y calor, pero también de destrucción, símbolo dual por antonomasia, capaz de reunir los polos contrarios del bien y el mal, ha protagonizado desde tiempos inmemoriales todo tipo de ceremonias y rituales asociado al solsticio de verano (el día más largo del año y en el que el sol está más alto). Los pueblos celtas y germanos, que adoraban al Sol, veían en el solsticio de verano el tiempo propicio para mostrar el esplendor de su culto y celebrar el poder generador del Sol, al cual asociaban con el caballo.

Carruaje solar de Trundholm (Dinamarca), hacia el 1.300 a.C.

La antigüedad grecorromana tenía también sus fiestas del solsticio, siendo la más nombrada la que indicaba el principio de verano, el dios solar por excelencia era Apolo-Helios. En el ámbito judeo-cristiano, la naturaleza ambivalente del fuego se asoció desde el principio tanto a la sabiduría y al amor divinos, a menudo representados en forma de llama incandescente, como a su justicia implacable: no en vano el fuego se consideró instrumento privilegiado de castigo, en este mundo y en el más allá, por los pecados cometidos contra la ley divina. En su doble faceta, el fuego ha sido y sigue siendo, todavía hoy, el centro de muchas fiestas en toda el área euromediterránea.

Actualmente, estas fiestas del fuego se celebran en torno a la noche de San Juan (cuya madre, santa Isabel, encendió una hoguera para anunciar a la Virgen Maria, que iba a tener un hijo) para celebrar el solsticio de verano, y aunque se trata de fiestas religiosas, enmarcadas en el calendario litúrgico cristiano, gran parte de su significado y su función original entronca con rituales profanos precristianos, íntimamente relacionados con el paso de las estaciones, las labores agrícolas, la fertilidad, la protección y la purificación de las almas.

Foto de Krystle Mikaere en Unsplash.

La naturaleza ambivalente del fuego vuelve a representarse cada año en las fiestas del fuego del Pirineo, en las que se unen las prácticas lúdicas y las mágicas que tienen, de algún modo aún hoy en día, un sentido depurador y suponen una representación del mito del Eterno Retorno, que explica la regeneración vital de la naturaleza. Estas prácticas alejaban los malos espíritus, las brujas y, con ellas, las amenazas de tormenta o de cualquier otra inclemencia meteorológica que pudiera afectar la cosecha que se esperaba. También ejercían una función purificadora a nivel individual: bailar alrededor de la hoguera y saltarla, eran formas de librarse de malas influencias, a la vez que constituía una prueba de valentía y habilidad. Las cenizas y el humo del fuego de la noche de San Juan tenían igualmente virtudes curativas, no sólo para el alma sino también para los campos y la salud física.

Estas expresiones culturales están profundamente arraigadas en las comunidades y se perpetúan gracias a una red de asociaciones e instituciones locales. El lugar de transmisión más importante de este elemento del patrimonio cultural inmaterial es el hogar familiar, donde sus miembros lo conservan vivo en la memoria. Así pues, constituyen una ocasión para la regeneración cíclica de los lazos familiares y los vínculos sociales y para fortalecer los sentimientos de pertenencia, identidad y continuidad de las comunidades, de ahí que su celebración vaya acompañada de comidas colectivas y cantos y bailes folclóricos, promoviendo la cultura del voluntariado, la solidaridad y la continuidad.

En este vídeo y los siguientes apartados podrás conocer más sobre estas fiestas declaradas Bien Catalogado Inmaterial e inscritas en la lista de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad (UNESCO), sobre San Juan de Plan y sobre de la cultura y la naturaleza de la bal de Chistau.