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PATRIMONIO MUNDIAL PIRINEOS-MONTE PERDIDO

El ser humano crea el paisaje

A pesar de la compleja orografía, la dureza del clima y otras condiciones adversas, el ser humano ha habitado los altos valles que conforman el bien Pirineos-Monte Perdido. Sus habitantes aprendieron a enfrentarse a la adversidad y lograr obtener el mayor provecho sin destruirla. Gracias a ello, durante siglos se ha forjado una economía y unos modos de vida basados en la ganadería, y en menor medida en la agricultura, que tratan de aprovechar los recursos naturales en función del ritmo de las estaciones.

 

El macizo de Monte Perdido


El macizo de Monte Perdido aglutina algunos de los paisajes de montaña más bellos y espectaculares de la Península Ibérica y Europa, convirtiéndose así en un paradigma de la conservación y del turismo de naturaleza.

Circos, valles, cascadas, cañones, praderas, bosques, ibones, cuevas o surgencias, son algunos de los múltiples elementos del medio natural que configuran el paisaje de estas montañas. Pero el territorio "Pirineos-Monte Perdido" no puede entenderse únicamente desde el punto de vista de un naturalista, ya que la práctica totalidad de los hábitats conservan algún tipo de huella dejada por el ser humano que aquí ha vivido durante milenios.

Primeros pobladores

En torno al 5.000 a.C., los primeros pobladores del Neolítico debieron abrir los primeros claros en el bosque con el fin de obtener mayor pasto para el ganado y algo de tierra para el cultivo.

Edad Media y Edad Moderna

Durante la Edad Media, los paisajes se transformaron de un modo más intenso y se originaron algunos como los pastos de altura o puertos que todavía hoy podemos contemplar. Debe tenerse en cuenta que, tras la Reconquista por los cristianos de las tierras del Valle de Ebro, los rebaños de ganado pudieron prolongar las rutas trashumantes, accediendo a los pastos del llano en invierno y a los altos valles pirenaicos en primavera y verano.
De este modo se creó la red de vías pecuarias o cabañeras, y con ellas la consolidación de la trashumancia, convirtiéndose en el principal factor modelador de los paisajes del Bien "Pirineos-Monte Perdido".
Como no era posible incrementar la superficie de pastos en altura, dadas las limitaciones impuestas por el medio, fue necesario eliminar amplias extensiones de bosque, principalmente de pino negro; aquella explotación del piso subalpino con fines ganaderos fue el origen de los puertos que han llegado hasta nosotros, como el de Góriz, Sesa, Revilla y los pertenecientes a los valles de Bielsa y Broto.
Destaca el caso singular de la Mancomunidad del Valle de Broto, pues todavía hoy los ganaderos conservan el derecho de pasto en el valle francés de Osona (Ossoue), cerca de Gavarnie, tratándose de una facería que data del año 1390.
El constante incremento de la población pirenaica requería de más alimento para personas y animales. Por ello, y durante los siglos posteriores, los habitantes de los valles de Broto, Vió, Puértolas y Bielsa ejercieron una constante labor modeladora del territorio.

Siglo XIX y XX

En el siglo XIX se alcanzaron las mayores cifras de población, lo que se tradujo en una mayor presión sobre el espacio.
Mientras que los núcleos urbanos incrementaban el número de viviendas, también se roturaban las laderas con el fin de aterrazarlas, creando así un gran número de fajas o bancales destinados al cultivo agrícola.
Muchos bosques se explotaron para obtener troncos, que luego eran transportados mediante navatas o almadías a través de los grandes ríos.
Los rebaños de ganado ovino seguían aprovechando con intensidad los pastizales de altura.
El ciclo trashumante permanecía vivo y conservaba un gran número de tradiciones y normas heredadas de la generaciones anteriores: cada pastor, al llegar a los puertos estivales, acudía a su respectiva mallata, cumplían y hacían cumplir los calendarios de entrada y salida a los puertos, marcaban el límite de animales que podía entrar en cada puerto, aplicaban sanciones cuando se incumplía las norma, etc.
Un paisaje ligado al aprovechamiento agrosilvopastoril
Sin duda alguna, los paisajes ligados al aprovechamiento ganadero son los mejor representados en el interior del área "Pirineos-Monte Perdido". Sin embargo, para entender la evolución que han experimentado y el uso que se ha hecho de ellos, se debe ampliar el campo de acción y considerar los espacios próximos al área reconocida como Patrimonio Mundial. Sólo de este modo se pueden comprender los paisajes de montaña, ya que están formados por un gran número de elementos distribuidos en el espacio e interconectados entres sí.
Los pueblos y su entorno
La primera pieza del complejo sistema agrosilvopastoril la encontramos en los pueblos que circundan el macizo de Monte Perdido, donde habitan las personas que con su esfuerzo y conocimiento crean y modelan el paisaje. La arquitectura tradicional de sus casas, el emplazamiento de los núcleos y su distribución en el espacio, reflejan el modo de adaptación al medio y la forma de aprovechar las ventajas que ofrece, como es el agua, la orientación, la fertilidad del suelo, la accesibilidad o la proximidad a las zonas de pasto. En el entorno inmediato a los conjuntos urbanos se encuentran los pequeños huertos, esenciales para la producción de unos bienes básicos de consumo humano. Rodeando a los pueblos existe otro de los elementos más característicos y singulares del paisaje, los campos de cultivo en fajas o bancales. Esta geografía de la necesidad es una de las muestras más evidentes del gran trabajo que realizaron los habitantes del territorio para obtener los productos básicos de los que dependía su supervivencia. El entorno de Bestué, Puértolas, Nerín o Tella son excelentes ejemplos de ello.

Bestué

El bosque


El bosque siempre ha estado presente en la media montaña pirenaica, pues de él se obtenía leña y madera para uso doméstico, y forraje para el ganado durante el invierno.

Los panares

A mayor altitud se encontraban los panares. Eran campos aterrazados para el cultivo de productos agrícolas más tardíos y adaptados al frío, como el centeno.
Cuando se dejaban en barbecho también servía para alimentar al ganado en su camino de regreso a la tierra baja, lo que permitía incrementar su fertilidad gracias al femau con los excrementos de los animales.

Los pastos de tránsito

En las áreas de media montaña, y por debajo de los extensos pastizales supraforestales, se localizan los pastos de tránsito, espacios utilizados para alimentar al ganado trashumante durante su camino de ascenso primaveral hacia los puertos. En el ámbito de estudio encontramos los pastos de tránsito del valle de Ordesa, de Fanlo y Buerba.

Los puertos estivales

Ya por último, en la parte más elevada de la montaña, entre el límite superior de los bosques y el límite inferior del desierto rocoso de las cumbres, se extiende una importante franja de relieves suaves y alomados. En este amplio sector, a los pies de las grandes cimas del macizo de Monte Perdido, se encuentran los puertos estivales a los que han acudido los ganados trashumantes durante siglos.
Este es el paisaje cultural que mejor representa al Bien "Pirineos-Monte Perdido". Lo que aparenta ser una vasta extensión vegetal de aspecto monótono y con escasa diversidad, guarda múltiples sorpresas y uno de los ecosistemas más valiosos y diversos en cuanto al número especies que en ellos habitan, y todo gracias a la acción que ha ejercido el ser humano a través de sus rebaños.

Las construcciones tradicionales para actividades agropecuarias

Cada unidad que conforma el gran mosaico del paisaje, alberga otros muchos elementos que merecen toda nuestra atención. Es el caso de las sencillas construcciones tradicionales ligadas a las actividades agropecuarias, como las mallatas, muros de piedra, bordas, mojones, cletas, abrevaderos y fuentes.

Otros elementos

A ellas hay que sumar otras vinculadas a los aprovechamientos del agua y la madera. También las comunicaciones crean paisajes con personalidad, siendo los puentes el elemento que mejor los define; ejemplos los encontramos en San Nicolás de Bujaruelo sobre el río Ara o el puente de San Úrbez sobre el río Bellós.


Religiosidad popular y creencias

La religiosidad popular y las creencias del ser humano a lo largo del tiempo también se materializan en el paisaje de diferentes formas.
Uno de los enclaves más conocidos y emblemáticos es la ermita de San Úrbez, en el corazón del Cañón de Añisclo.
En este santuario rupestre, morada del santo eremita, encontramos un paisaje único e irrepetible, donde la piedra y el agua se unen a la sencillez de un muro que encierra parte de la cueva.
Otros enclaves se localizan en las proximidades al área declarada Patrimonio Mundial, como es el Dolmen Losa de Campa, el conjunto de las ermitas de Tella o la ermita de la Virgen de Pineta.

Elementos preindustriales e industriales

La sociedad actual también incorpora nuevos elementos que debemos considerar y valorar en su justa medida, pues son el reflejo de la realidad social y las formas de vida.
De este modo, los paisajes no dejan de evolucionar y de enriquecerse con nuevos elementos ligados a otros usos y aprovechamientos, como los energéticos, o los vinculados a la actividad turística.
La unión de la naturaleza y el hombre ha persistido durante siglos en el macizo de Monte Perdido, lo que ha permitido la creación de unos paisajes de valor excepcional. Pero éste no es un bien inmutable, sino todo lo contrario, ya que los cambios que experimenta la sociedad y la economía de un territorio quedan reflejados en él.

En la actualidad

Por ejemplo, la disminución de la población local, su envejecimiento y la reducción del número de cabezas de ganado permiten explicar la disminución de la superficie de los pastizales, la homogeneización de las comunidades vegetales y la constante colonización de los pastos por especies leñosas.
También se observan cambios evidentes en las tierras agrícolas que quedaron abandonadas en las décadas 70 y 80 del siglo XX.
En las parcelas, caminos y senderos crece un denso matorral y algunas especies de árboles, provocando una desaparición progresiva de la huella humana sobre el espacio.
Los paisajes culturales se muestran ante nuestros ojos como un patrimonio rico, diverso y en constante trasformación, que merece ser estudiado, entendido y valorado.
El paisaje, además de ser un bien patrimonial a preservar, es también un recurso económico capaz de estimular el desarrollo sostenible de las poblaciones locales.
Pocos dudan que los paisajes de la Comarca de Sobrarbe, y en especial los que atesora el Bien "Pirineos-Monte Perdido", son el bien más preciado y valorado por la población local y los visitantes, convirtiéndose en un recurso clave para lograr el desarrollo sostenible de los valles que pertenecen al macizo de Monte Perdido.

San Úrbez. Cañón de Añisclo.