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«Pirineos-Monte Perdido»

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Vió

Ubicado en la falda del Tozal de San Miguel, con la ermita del mismo nombre en su cima, este pueblo da nombre a todo el valle: Valle Vio.

Un camino descendente rudo y bellísimo enlaza una decena de casas organizadas en dos barriadas; a medio trayecto se alza la iglesia de San Vicente Mártir, la más vieja del valle, entre los crestones violáceos de Sestrales y las nieves eternas del Perdido.
Románica (s. XII) presenta cabecera semicircular orientada al este decorado en su exterior con elementos de tradición lombarda, con frisos de esquinillas sobre arquillos ciegos y nave de planta rectangular.


En el siglo XVI se modificó su portada y se añadió el atrio y la capilla lateral.

Al interior se conserva una réplica de las pinturas murales románicas que ocupaban todo el ábside y parte del presbiterio y que fueron trasladadas al Museo Diocesano de Barbastro.

Sobresalen en el conjunto Casa Lardiés, con tres vanos y un sillar que conservan grabadas fechas del siglo XV y XVII. Según la tradición, en esta casa se alojó San Úrbez, santo, eremita y pastor al que se rinde culto en todo el valle.

Pueblo eminentemente ganadero, en 1857 poseía 92 habitantes. Durante siglos, la gran cabaña de ganado trashumante de Vio y el resto de pueblos del valle disfrutó de los pastos estivales del Puerto de Góriz.
En el siglo XX sufrió el fuerte proceso migratorio que afectó a este territorio descendiendo bruscamente el número de habitantes.

Desde Vio se contempla una de las panorámicas más hermosas del cañón de Añisclo, quizá el más impresionante de los desfiladeros de una región donde las gargantas abundan. Territorio quebrado, salvaje, duro y sorprendente, teñido de mil colores que cambian con las estaciones y que, siempre, asombra al visitante.